Eley Grey

Educación, visibilidad y naturalidad

Los aviones no vuelan en recto

Ester

Siempre he odiado el queso, el queso en general, pero sobre todo el queso que fabrican en mi casa desde hace años (a mí me parecen siglos). Su olor, su color, su textura y por supuesto su sabor. Dicen que el mundo entero lo adora, eso dicen en mi casa, porque se dedican a eso: a producirlo y venderlo. Qué van a decir, si es el negocio familiar desde tiempos de mi tatarabuelo. Pero a mí me ha provocado una náusea continua desde niña. Ojalá pudiera decir que el asco terminaba cuando me acostaba, pero estaría mintiendo, porque la triste realidad es que también me acompañaba en mis sueños, durante la noche. Creo que solo por eso mi decisión estuvo más que justificada.

Me llamo Ester, como la del harén del rey Asuero, la de la Biblia, pero, a diferencia de ella, yo no soy huérfana. Tengo dos hermanos mayores, dos chicos, o tenía, mejor dicho. Se fueron al extranjero a trabajar y ya no volvieron a aparecer por casa. Como si ya no existieran. Hicieron bien. Se suponía que ellos iban a dirigir el negocio, pero han salido rebeldes. Ingeniero industrial y actor, respectivamente. Vaya desgracia, eso decía mi madre cada día después de comer cuando mi padre ya se había cansado de soltar todas las barbaridades que se le pasaban por la cabeza para renegar de sus hijos. De todos sus hijos. Sé que mi padre no se sentía orgulloso de mí. Pero no lo digo solo porque lo escuchaba quejarse de los tres a diario, lo sé porque tengo un don, o una maldición, según se mire. Puedo averiguar los pensamientos de la gente con solo mirarles a la cara. He intentado muchas veces obviarlo, evitar contemplar los ojos de las personas, no mantener la mirada en las conversaciones, incluso esquivo a los conocidos por la calle. A fuerza de estas acciones me gané la fama de “rara” en el pueblo. No me importa, peor es saber cuánto miente la gente y cuán hipócrita puede llegar a ser. Pero con mi padre lo percibía más que con el resto. Se sentía más defraudado conmigo que con mis hermanos porque soy mujer, soy lesbiana (aunque jamás lo dije ni lo insinué porque ni yo misma lo sabía por aquel entonces) y nunca hice lo que hacían el resto de chicas de mi edad, de hecho no hice nada de lo que se esperaba que hiciera. No fui la muchacha que todos querían que fuera. No llevaba ropa bonita ni ayudaba en la fábrica. No hacía las tareas de la casa (si no las hicieron nunca mis hermanos no veo por qué tenía que hacerlas yo). No me maquillaba ni salía los fines de semana. Yo solo estudiaba, leía y me esforzaba por sacar los mejores resultados y poder hacer lo mismo que mis hermanos: salir del pueblo cuanto antes. El futuro que le esperaba a la fábrica no era muy esperanzador: la pequeña de los tres, sin idea de negocios y antisocial hasta la médula no parecía el mejor partido para heredar.

–Os dejaré tranquilos en cuanto termine el bachillerato, no os preocupéis –esa era yo día tras día. Lo último que entraba en mis planes de futuro era hacerme cargo del maldito queso. Llegó un punto en que me cansé de repetirlo y escuchar siempre la misma respuesta: silencio y vacío. Como si no existiera, como si mis palabras no tuvieran peso, como si no fueran de verdad porque en casa me veían así: sin fuerza, sin iniciativa, incapaz de cumplir mis objetivos.

Mis padres seguían discutiendo a diario sobre cómo proceder en la fábrica, viendo que la jubilación de mi padre era inminente y ninguno de mis hermanos tenía intención de regresar. Yo seguí estudiando como una autómata y sacando buenas notas, las mejores de mi clase. Y lo hacía a pesar de vivir con una pinza en la nariz, de las que gastan las bailarinas de natación sincronizada (la compré por internet y fue la mejor inversión que he hecho en la vida) y con litros de colonia vaporizada por todo el cuerpo. Lo hacía a pesar de las miradas de soslayo de la gente, los cuchicheos y los insultos. A pesar del rechazo y hasta los golpes y zancadillas recibidos por mis compañeros del colegio.

Con todo, creo que no es de extrañar que me marchara sin avisar. El día anterior habíamos vivido una de las discusiones más acaloradas en casa, la única discusión en la que no participé, aunque escuché los sempiternos golpes de mi padre en la mesa dando por zanjada la conversación en el momento en que mi madre ya estaba fregando en la cocina y yo encerrada en mi habitación.

Salí de mi casa dispuesta a no volver jamás. Eso pretendía cuando subí al primer autobús que me llevaba a Madrid. Aunque me fui sin avisar, planifiqué mi viaje. Soy una persona muy calculadora y previsiva (a veces también previsible, aunque las personas de mi alrededor han demostrado más bien poco interés en conocerme), por eso estuve meses atando cabos y ultimando los preparativos sin que nadie sospechara: busqué piso compartido, me aseguré de sacar excelentes calificaciones para poder optar a beca el primer año de universidad, hice limpieza para llevarme solo lo necesario y no dejar atrás nada mío (pensaba que borrando mi rastro borraría mi memoria y con ella los malos recuerdos. Qué equivocada estaba).

El primer año en la capital fue una auténtica liberación y no solo porque dejé de oler el queso por todas partes y a todas horas. Estudié cada día del curso y saqué las mejores notas. Era extraño en aquella época que una mujer estudiara ingeniería, pero más extraño era que obtuviera tan buenos resultados en mis exámenes. Mis notas no me ayudaron a hacer amigos, pero tampoco los necesitaba. Mis compañeras de piso salían todos los fines de semana mientras yo me quedaba encerrada en la habitación o en la biblioteca, según el panorama festivo en el piso compartido. No me quejaba nunca de sus alborotos. Si me incomodaban, pasaba la noche en la sala de estudio de la facultad. Se convirtió en mi segundo hogar.

En junio, tras los exámenes finales, la dueña del piso nos explicó que no podíamos seguir alquiladas durante el siguiente curso porque iba a reformarlo para sus hijos. No me importó, encontré otro en menos de una semana. El anuncio estaba en un corcho de la facultad donde solían colgar información al respecto: “Se busca estudiante para habitación de piso compartido. Mujer. Inmueble con dos habitaciones y un baño. Comedor y terraza de 30 metros”.

Rut era la única inquilina y nos caímos bien nada más conocernos. Me gustó porque lo que decía se correspondía con lo que pensaba (el dichoso don que todo me lo cuenta) y supe casi desde el principio que íbamos a ser buenas amigas. Quedamos en la cafetería de la facultad de derecho y la entrevista consistió en las preguntas de rigor en estos casos. Rut era un encanto: rubia, ojos azules, atlética, jugadora del equipo de fútbol de la universidad, lista y divertida. Su buena disposición para la conversación me sacó en más de una ocasión de una situación incómoda. Sobre todo al principio de nuestra convivencia. En un hogar de estudiantes con solo dos habitaciones el extraño silencio invadía los largos fines de semana, pero ella se encargaba de llenar con su risa las tardes de domingo. Tenía tan buen carácter que no me importaba salir con ella. Su alegría me arrastraba las noches de sábado y dejé de quedarme encerrada en casa durante las interminables madrugadas madrileñas. El verano que pasamos juntas fue fundamental. Gracias a Rut y a su vitalidad comencé a sentir cosas en mí. Cosas hacia ella. Sobre todo cuando me miraba con esos ojos que brillaban en la noche. Cuando me tocaba el hombro para llamar mi atención sobre cualquier tema, asuntos sin importancia que pasaron a ser importantes solo porque Rut lo decía. Rut fue necesaria en aquel momento, ahora lo sé. Ahora sé que tuvo que aparecer justo entonces, aquel primer verano, antes de comenzar el segundo curso en la facultad. Mi primer verano fuera de casa. Rut siempre fue discreta y nunca preguntaba de más, sobre todo porque era una chica lista y entendía a la perfección mis silencios y respuestas esquivas cada vez que se interesaba por mis orígenes. Inventé para ella (ahora sé que también para mí) una familia muerta en accidente. Inventé que todas aquellas cartas que me llegaban y guardaba en lo más oscuro del único cajón de la mesita de noche, ese que estaba roto y se atascaba porque la madera de la junta estaba partida, eran de una tía lejana. Cómo encontró mi madre la manera de localizarme fue un enigma. No me la imaginaba investigando mi recorrido vital, llamando a las universidades para realizar la búsqueda. Supuse que en su momento darían por hecho mi huída como una especie de fuga, así al menos lo sentí yo. Una liberación. Sin embargo, volví a equivocarme. Una vez más.

Inventé mis recuerdos y mis sentimientos. A fuerza de repetirlos hasta yo me los creí. Los únicos que no inventé fueron los que sentía por Rut. Porque en eso no quise mentir, ni a ella ni a mí. Porque toda una vida es demasiado tiempo y deseé compartir con ella mi descubrimiento y aprovechar al máximo cada minuto.

No hicieron falta muchas palabras, nuestras miradas se comunicaron desde el principio en un desconocido idioma para el resto. La complicidad entre ambas fue creciendo con el paso de los meses hasta que llegó junio y con él, la beca. Viajar a los Estados Unidos para jugar a fútbol era el sueño de toda su vida, así que lo cumplió y yo le apoyé desde el principio y hasta el final, cuando nos dijimos adiós en el aeropuerto. La noche de antes, con las maletas hechas (ella para Huston y yo para un nuevo piso en Malasaña) y las sábanas lavadas, hicimos el amor por última vez. Nos reímos como solíamos hacerlo durante los preliminares y al terminar, con una sonora carcajada. Nos besamos con sed y nos abrazamos hasta deshacernos. Brindamos con cava por nosotras y nuestro futuro y entonces lo soltó. Estuvo aguardando el momento propicio toda la tarde y lo vomitó ahí, justo entre el cava y el bombón de praliné:

—Tu madre llamó esta tarde, cuando saliste a comprar. Olvidé decírtelo antes —mintió—. Dejó un número para que la llamaras en cuanto pudieras.

Luego me confesó que no se esperaba mi reacción. A esas alturas ya no me quedaba alternativa así que le confesé la verdad y le agradecí haber esperado al final de la noche para avisarme. De otra forma, hubiera arruinado la preciosa velada.

—Aun así, Ester, creo que deberías llamarla cuanto antes, parecía preocupada —me dijo Rut.

Resumir la marea de sentimientos que me inundaron es imposible, porque vinieron a mi mente todas las discusiones alrededor de la mesa. Mi padre amenazando y sentenciando con un golpe seco que hacía vibrar los cubiertos y los platos, mi madre cubriéndose los oídos y la cabeza. Mis hermanos saliendo por la puerta de casa para ahorrarse el momento y yo directa a mi habitación. Recordé los gritos cada vez que se hablaba del tema de la fábrica, mis ilusiones, mi carrera profesional y las críticas de mi padre, que no tenía la más remota idea de lo que significaba ingeniería industrial aunque ya conocía ese nombre porque fue lo que estudió mi hermano mayor, pero seguía sin querer saberlo. El llanto de mi madre ante el futuro incierto del negocio. El olor del queso sobre el mantel. El sabor de la rabia y la frustración en cada bocado de la cena de cada noche. La humedad del salón, la tensión y el vacío. La incomprensión y la tristeza, el miedo a lo diferente, a decidir, a seguir mis impulsos. La inercia a dejarme arrastrar y el conflicto y la lucha por continuar.

Habían pasado dos años desde la última estampa familiar y me había marchado sin decir nada, sin avisar, sin adelantar acontecimientos. Hasta una semana después de aquella última noche con Rut no reuní la fuerza necesaria para abrir la primera carta. Instalada ya en otro piso compartido y tirada en el suelo en ropa interior para refrescar mi cuerpo del calor infernal del verano de Madrid y mi mente de la pesada losa de culpa, que cada vez me hundía más. No deja de sorprenderme cómo actúa la culpa en nuestra cabeza. Viví tranquila durante los años en que no supe nada, sin necesidad de abrir ni una sola de las cartas. Si no me deshice de ellas fue también por la culpa, por el miedo a sentirla si las tiraba. Habían pasado tantos meses, tantos momentos, que casi las olvidé. Pero la llamada primero y la mudanza después hicieron que rescatara aquellas misivas maternas y la noche en que junté toda la fuerza las coloqué en el suelo, frente a mí, y me dispuse a leerlas.

Quizás nunca antes había llorado, nunca en toda mi vida había sentido un vacío tan grande como cuando leí aquellas letras escritas por quien me trajo al mundo. Nunca antes había sabido cuánto me quería, quizás porque nunca antes me lo había dicho. Nunca antes de desaparecer, porque eso es lo que había pasado a sus ojos. Para ella su hija había desaparecido, aunque sabía dónde estaba. Lo supo un año después de marcharme. Lo supo porque mi madre no dejó de buscarme, de indagar. Pidió ayuda a mis hermanos, que le insistieron para que me dejara en paz, se obstinaron en obligarla a respetarme y vivir mi propia vida. Se empecinaron en convencerla para que me permitiera estar lejos de casa, creían que necesitaba vivir a mi manera. Tan diferente me veían, a pesar de que también ellos se habían marchado de casa antes de lo esperado. Pero ellos sí lo anunciaron, ellos no desaparecieron y, lo más importante, ellos son hombres.

Sin embargo, la testarudez es algo muy propio de mi familia y en especial de mi madre y por eso no quiso escucharles. Les obligó a buscarme día tras día, después de que la policía le explicara por activa y por pasiva que lo mío no era una desaparición, ni un rapto, que había hecho la maleta y me había marchado. Que sus razones tendría, señora, que ya es mayor de edad. Pero por muy poco, agente, por muy poco. Han podido obligarla, suplicó ella, a sabiendas de que no era probable. Mi madre me conocía mejor de lo que yo pensaba. Precisamente por eso supo cómo tenía que escribir cada palabra, cada frase de cada carta. Convencida como estaba de que no las leería al principio, pero sí después, con el paso del tiempo. Mi madre, la que no había ido a la escuela más que lo necesario, para aprender de cuentas y a escribir. La que había aprendido el negocio casi a escondidas, la que hablaba con los clientes y ganaba adeptos cada mes, también casi a escondidas, para no atacar el orgullo de mi padre. Ella, la que empleaba las mañanas en la fábrica revisando cada queso antes de que se empaquetara y las tardes en casa, preparando la comida del día siguiente. La que me reñía cuando me encerraba a estudiar durante horas sin ver la luz del sol los días sin lluvia mientras todo el mundo aprovechaba para salir a la calle. La que daba la cara por mí, a veces, ante mi padre, frente a su incomprensión, su frustración y su falta de empatía. Ella, la que no me entendía y aún así me defendía.

Mientras leía cada carta la recordé en su totalidad, rememoré cada instante vivido en la misma casa, mi infancia. Canturreé las canciones de cuando guisaba, reviví sus quejidos cada atardecer por la lluvia, por el frío, por el reuma. Ordené las cartas cronológicamente. Quería ver, si la había, la evolución en sus letras, en sus emociones, en su caligrafía. No sé muy bien qué me impulsó a hacerlo así, quizás fue por mi cabeza racional, metódica y empírica, o a lo mejor fue mi obsesión por el orden, pero el caso es que me permitió establecer una línea temporal de la vida de mi familia durante los años de mi ostracismo voluntario. La primera carta la escribió una semana antes del entierro de mi padre. En ella me hablaba de su enfermedad y del rápido deterioro neuronal. Me explicaba que él fue consciente de todo hasta el último mes, que se había quedado en la mitad, hija, en la mitad de lo que siempre ha sido. Que sale de casa y no se acuerda de volver, no se acuerda ni de por qué ha salido. No me reconoce, hija, se piensa que soy su madre. Dicen los médicos que es una enfermedad de esas raras, no es demencia, no. Que si fuera demencia tendríamos más tiempo para despedirnos, pero no lo es. No sé cuánto aguantará.

En esa primera carta, lo supe desde el principio, utilizó el tono lastimoso que la caracterizaba y yo recordaba de ella. Estaba cargada de pena y victimismo. Cada palabra, cada coma. Cargada de culpa, de la que quería contagiarme. Seguí leyendo en orden cronológico cada una de las cartas. La segunda estaba plagada de reproche, de condena hacia mi desapego. En ella describía el funeral y las explicaciones que tuvo que dar a todos los familiares, las explicaciones que no había dado aún porque no había sido necesario hasta ese momento. He mentido, me decía, he tenido que mentir, porque en verdad no sé por qué te has ido y es muy violento seguir sin saberlo. ¿Por qué no contestas, hija? Sé que la dirección que tengo es la correcta porque las cartas no me vienen devueltas. Algún día me planto allí y me vas a dar explicaciones, pero de verdad.

Antes de pasar a leer la siguiente carta me pregunté por qué no se plantó aquí a pedirme las explicaciones, a gritarme o a insultarme, como habría hecho mi padre. A echarme en cara el abandono a mi familia, a mis raíces. Me lo pregunté muy seriamente porque no entendí cómo no vino a comprobar que estaba bien, que era feliz, que no necesitaba su presencia, ni la fábrica, ni los malditos quesos para vivir. Dejé de preguntármelo cuando abrí la tercera carta, escrita dos meses después del entierro de mi padre. Su tono ya no era el mismo, ya nunca más fue el mismo. En ella me explicaba que había venido a buscarme con la determinación de llevarme de vuelta a casa aunque fuera arrastras.

«Pero no lo hice, hija, porque te vi sonreír. Tú no pudiste verme porque yo estaba escondida tras un coche aparcado en tu calle y venías hablando y riendo a carcajadas con una chica alta y rubia y muy guapa. Te vi sonreír como creo que jamás te había visto hacerlo. Se me calló el alma a los pies, hija, porque entendí al verte que podías ser feliz, podías serlo y lo eras. Entendí tantas cosas que me marché en silencio, tal como llegué. Sin hacer nada de ruido para no interrumpir esa risa que llenaba la calle, las tiendas y los coches, los que circulaban y los que no. Tu risa… he soñado con tu risa cada noche desde que te vi entrando al portal de tu casa con esa chica. Supongo que será tu novia, ahora ya no me sorprende nada, ni me preocupa, con el miedo que he pasado estos meses sin saber de ti. Ya no me preocupa que tu novia sea una chica. Que seas de esas que dicen en la tele, lesbiana, se llama. No me importa. Ahora, a buenas horas, qué tarde lo estoy haciendo todo en esta vida, ahora ya no me importan esas cosas, porque tu risa es lo importante, tu bienestar. Que seas feliz, hija. Ahora que tu padre ya no está no tengo que dar explicaciones, ni ocultar, ni encubrir, ni nada de nada. Ahora llevo yo sola el negocio, ¿sabes? Creo que no me reconocerías, si me vieras. Cojo el teléfono y hago llamadas sin esconderme, ordeno a los trabajadores y hago pedidos en voz alta, con tono firme, a la cara. Es algo tan extraño después de tantos años en silencio. Pero ha tenido que ser así, hija, como todo lo que hago bien, lo hago tarde».

Y entonces ya no pude seguir leyendo, no al menos en ese momento, porque las lágrimas no me dejaron avanzar. Porque entonces sí que lloré, todo se convirtió en un inmenso borrón sobre el folio y no apreciaba las palabras, ni los puntos, ni nada de nada. Me levanté para lavarme la cara y beber un poco de agua. Necesitaba analizar todo lo que acababa de descubrir. Analizar a mi nueva madre, porque así la empecé a ver a partir de ese momento: nueva, diferente, madura y sabia. Necesité toda la noche para asimilar el resto de la carta y poder leer el montón que me quedaba. Me emborraché con su letra, me bebí cada párrafo entre el suspiro y el llanto. Berreé, grité de impotencia, dije su nombre en voz alta muchas veces, muchas. La llamé en susurros cada vez que terminaba de leer una carta y antes de empezar la siguiente. Llegó el amanecer y me dormí sin intentarlo. Caí rendida, extasiada de ella, de su latido, de su mente y de todo lo suyo. Como nunca antes había caído, caí. Fue un sueño incómodo y doloroso. Un sueño de sudor y lágrimas. Un sueño de lluvia y bosque. Así la recordaba a ella: salada, como el queso, con las manos siempre húmedas de trajinar en la cocina, con los cacharros y el agua. Fue un sueño de agua y árboles, de caminos intrincados por senderos de montaña, por valles verdes cubiertos de rocío. Sueños al alba, sueños de vida y de muerte.

Desperté poco antes de medio día dolorida y con resaca. Desperté y me sentí anestesiada, hundida sobre mí misma. Creo que nunca antes la culpa había sido tan pesada, quizás porque a partir de aquella carta ya no pretendió hacerme sentir culpable, sino todo lo contrario. Utilizó esa correspondencia para comunicarse conmigo, como si me hablara por teléfono, para contarme cómo vivía su día a día de empresaria, de emprendedora. Cómo era su vida sin mí, sin su familia. Su vida en solitario, por primera vez. Quería compartir esa experiencia conmigo, como si yo no estuviera en otra ciudad, como si continuara viviendo allí con ella. Como si no hubiera querido romper con todo, incluso con ella. Como si no me hubiera ido. Como si no hubiera pretendido apartarla de mi lado, a ella y a todo lo que tuviera que ver con ella.

Después de esa noche ya nada volvió a ser igual. Jamás volvió a ser lo mismo.

Tuvieron que pasar dos largas semanas después de aquella noche de cartas, de lectura desenfrenada y adictiva en la que solo quería saber más y más de aquella que me parió. Tras esa noche de borrachera de noticias, de anécdotas de mi nueva madre que solo pretendía mantenerme viva a su lado, como ignorando mi marcha, como perdonándome. Lo sé ahora, ahora que han pasado tantos años y el recuerdo se hace borroso. Ahora que estoy sentada en su silla, en su oficina, lo sé. Lo que más me dolió fue su perdón. Pero no porque ella me perdonara, sino porque yo no pude hacerlo hasta que leí sus letras. Y el perdón, que llegó sin buscarlo, sin pretenderlo ni premeditarlo, dolió más que el olvido, más que los años de infancia e incomprensión en el caserío apestado por el queso, rodeado de hierba y cubierto de cielo mojado. Dolió como duele el cuerpo después de una gran caída, después de mucho ejercicio. Dolieron los músculos y los huesos, cada articulación y tendón. Dolió la cabeza, presa del llanto prolongado durante días. Después de aquella madrugada en que la nombré hasta que su nombre perdió el sentido en mis oídos. Pero los días pasaron, como pasan siempre, y una mañana me levanté autómata, como una máquina programada que no tiene impulsos voluntarios. Me levanté y cogí el teléfono. No había previsto mi discurso. No sabía qué me iba a encontrar y estaba muerta de miedo. Era mi turno, el momento definitivo. Y entonces sucedió: su voz al otro lado sonó como si no hubieran pasado los años, como si el tiempo se hubiera congelado entre tanta lluvia, allí en mi tierra. En mi tierra que también era la suya, era la suya antes de que fuera mía. Porque ella ya existía antes incluso de haberme pensado, de haberme soñado. Y en ese instante, de pie frente al teléfono, todavía con el pijama puesto, me deshice como una montaña helada. Y me convertí en río, y en mar, y en océano. Ella me hablaba y decía mi nombre, me preguntaba:

«¿Eres tú, hija?».

Y yo callaba, tragaba saliva y lágrimas. Lágrimas amargas y felices. Porque sentía en su voz el paso irremediable del tiempo y las horas imaginadas. Mi tiempo y sus horas. Nuestra vida distanciada y compartida. Sus anhelos confesados en aquellas docenas de cartas. Sueños e ilusiones invisibles para mí hasta entonces. Lloré, lloré tanto que ella me oyó. Y cuando me oyó, me consoló. Y me habló como se habla a una niña que llora sin consuelo, como se habla a quien quieres incondicionalmente. Como se habla a quien das amor y paciencia y ganas de abrazar. Y sonríes con la calidez de los días largos, los más largos, los que nunca terminan, pero siempre terminan. Y lo supe desde que escuché su voz, lo supe desde el principio, porque era inevitable, ya no había marcha atrás ni quería que la hubiera. Ya quedé unida para siempre a esa mujer, como si no lo hubiera estado en su vientre, desde mi concepción. Porque la sentí más cerca que nunca, más mía que nunca.

Ese curso todavía seguí en Madrid, pero una vez al mes volvía a casa junto a ella. Lo hice también cada vez que no tenía clases y para las vacaciones de Navidad y Semana Santa. Cuando en junio terminaron las clases hice la maleta y me instalé definitivamente en el pueblo. Me dio responsabilidad en la fábrica y comencé a supervisar la maquinaria y las instalaciones. Era el trabajo más afín a mis conocimientos. Trabajé como nunca había hecho, hacía horas extras y no dudaba a la hora de acudir a la fábrica a  comprobar que todo estaba en orden cada día de la semana, incluidos los domingos. Llegué a pensar que era una especie de redención, de pago por mis ofensas, por el daño que causé a mi madre, el dolor que le hice pasar cuando me fui sin avisar. Lo creí firmemente y aun así no dejé de hacerlo. Seguí trabajando incluso después de que ella me insistiera en coger un descanso, hacer un viaje, desconectar un poco. Ya lo haré, habrá tiempo, aún es pronto. Eso le decía. Era pronto para mí, porque necesitaba pagar toda mi culpa, la que todavía pesaba sin remedio. Habría tiempo, pero yo lo veía aún lejos, muy lejos.

Cuando empecé a trabajar en la fábrica sentía náuseas durante todo el día, incluso cuando salía de allí, por el queso. Retomé la costumbre de andar de arriba a abajo con la pinza de la nariz. Al final del primer mes los trabajadores ya no se sorprendían al verme con ella. Cuando la pinza en mi nariz se convirtió en lo más normal del mundo, una noche, antes de meterme en la ducha tras un día largo de trabajo, me la quité y descubrí que no podía oler nada, nada en absoluto. A base de llevar aquel cacharro, mis fosas nasales habían perdido la capacidad de sentir. Aquella noche dormí como nunca jamás había dormido: del tirón, sin sueños ni pesadillas. Al despertarme seguía sin recibir señal olorosa alguna: ni rastro del café, de las tostadas o de la panceta que mi madre torraba para desayunar. Como no quise tentar a la suerte, metí la pinza en el bolsillo y durante todo el día cargué con ella, pero ya no necesité ponérmela en la nariz, nunca más lo hice. Y aunque ya no volví a percibir el olor del puchero casero o las flores en mayo, las ventajas superaron con creces a los inconvenientes.

Fue a los seis meses de haber vuelto, recuerdo que habían pasado seis meses porque era Navidad y mis hermanos no pudieron venir a pasarla con nosotras. Fue el día de Nochebuena y la fábrica ya estaba cerrada, cuando le diagnosticaron el cáncer. Las primeras molestias habían empezado muchos meses antes, antes incluso de mi vuelta, pero fue durante esas vacaciones cuando recibió los resultados de las analíticas. El tumor estaba en el colon, pero las cifras jugaban a nuestro favor, si es que se puede jugar a favor del cáncer alguna vez. No haría falta quimioterapia, era bastante pequeño y se podía operar. No me separé de ella en todo el proceso. Agradecí al destino que me hubiera permitido leer las cartas a tiempo, volver con ella a tiempo. Lo agradecí tanto que ya no sentí culpa, sino amor, un amor incondicional e insustituible. Durante aquellas semanas, no voy a negarlo, eché de menos un hombro sobre el que llorar, o desahogar mis miedos, eché de menos la presencia de mis hermanos como nunca antes había sentido. Pero ellos me demostraron que no podía contar con ellos, que sus trabajos y sus mujeres estaban por encima de nosotras.

A pesar de la tristeza y mis miedos, la operación, tal como se aventuró a afirmar el doctor, fue un éxito y la segunda noche que pasamos en el hospital mi madre me hizo prometerle que saldría más, que viviría más y que me tomaría por fin unas vacaciones. Lo hice, reservé una habitación de un precioso hotel del centro de Roma y pagué el billete por internet. Una semana después de la operación volaba hacia la ciudad del amor.

Fue entonces cuando conocí a Sofía, la mujer de mi vida, la que me lo dio todo para quitármelo después, cuando abandonó. El ángel que me acogió en su regazo en el momento más inoportuno de su vida y más oportuno de la mía. Mi don me jugó una mala pasada con ella, supongo que no supe escucharlo, no pude ver a través de sus ojos. Nunca me funcionó con ella, quizás fue porque me enamoré tan profundamente nada más verla que ignoré la alarma, el don que siempre me indica cuándo hay peligro, cuándo las señales no son favorables.

Sé que Sofía lo intentó, pero jamás olvidó a Sara, su primera relación importante, y eso me desmoronó, me destrozó, acabó conmigo cuando fui consciente. Fue en aquel avión, en el que conocí a Sofía, cuando empecé a entender las cosas: el amor, la esperanza y la derrota. Entonces aún no lo sabía, pero mis dos grandes pasiones a partir de ese momento serían ella y mi madre, lo único que me quedaba en la vida. Y aunque  lo ignoraba cuando subí a aquel avión, pero ambas me abandonarían a la vez, aunque, ahora lo sé, a Sofía nunca la tuve.

Fue allí, en ese viaje a Roma, cuando empecé a entender que los aviones no vuelan en recto.

Relato extraído de la antología solidaria Las niñas también juegan, 2017, Valencia (edición limitada).

 

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