Eley Grey

La educación y la visibilidad son las herramientas para conseguir la naturalidad

Culpable

Le habían hablado de ese tipo de noches, pero nunca le habían dicho cómo superarlas. Aquella fue su primera mala noche de verdad. Salió, paseó, bebió leche, comió galletas. Contó a las ovejas y a las crías de las ovejas. Las más pequeñas se burlaron de ella. Se burlaron también las grandes cuando creyó empezar a dormirse. Las risas retumbaron en sus oídos. Y sintió el sueño llegar, pero fue una ilusión. Y lo sabía porque se volvía a levantar de la cama, paseaba, bebía leche y comía galletas.

No reconocía a la figura que le devolvía la mirada en el espejo. Un mareo ajeno a su voluntad rodeaba su cabeza y le hacía perder el equilibrio. No había visto los cortes y la sangre seca al llegar a casa. El ojo que empezaba a asumir el color de la berenjena. No era ella, no podía serlo. ¿Era una ilusión? A lo mejor ya estaba dormida. Había leído en algún sitio que cuando soñamos hay un descenso de una sustancia en el organismo. Es una sustancia que permite percibir la realidad cuando estamos despiertos. Este descenso mientras dormimos hace que nuestros sueños se vivan como si estuviésemos bajo los efectos de un opiáceo, por eso al despertarnos de manera brusca en mitad de una pesadilla todavía sentimos el sueño como realidad. Quizá estaba dormida y la imagen del espejo era un sueño. Pero el dolor era demasiado real y las lágrimas demasiado saladas. Podría haber sido una noche cualquiera, pero no lo fue. Podría haber salido corriendo, pero no lo hizo. No vio el peligro o no quiso verlo. 

Quién sabe…

Cuando quiso volver sobre sus pasos fue cuando se arrepintió de haber entrado en aquel portal. Su voz quedó atascada en la garganta, sus movimientos se bloquearon y el tiempo se congeló. Ya no quería más galletas, ni leche, ni paseos. Quería borrar de su mente aquel dolor y dormir, dormir para siempre.

Después de aquella primera noche siguieron muchas más. Noches de llanto, de pena, de dolor y de culpa. De culpa escondida. Ya se encargan todos de cubrirla a una con la culpa. Desde niña. Para que no se olvide, para que no se relaje. Es tan difícil desprenderla de la piel que las tenazas que hay que utilizar desgarran. Porque la culpa se extiende y lo ocupa todo. A veces, en el mejor de los casos, pasa que cuando se levanta la primera esquina, como en un rollo de celo, es más fácil seguir estirando. Después de que se desprende el primer trozo, sale sola.

Ella aún no lo sabe y sin embargo le queda lo más difícil: encontrar ese pequeño y casi invisible trozo. Después, estirar.

Culpable

 

 

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5 comentarios el “Culpable

  1. Cristina Muñoz
    16/11/2017

    Uffff. Tengo los pelos de punta…que pasada Eley👏👏❤

    • eleygrey
      16/11/2017

      Gracias por pasarte y comentar, Cristina. Un placer siempre tenerte por aquí. Abrazo grande.

  2. hydrarosis
    16/11/2017

    uffff, ¡!qué duro es leer estas palabras y lo peor saber que ocurre tantas veces! Ojalá hubiese más gente con esa sensibilidad para entender que no somos un cacho de carne. Gracias por dar voz a algo tan duro.

  3. hydrarosis
    16/11/2017

    Gracias por poner voz a algo tan duro. Es incompresible cómo hay gente que aún dice que se exagera, se miente o se aprovecha uno de nuestra condición de mujer. En fin, tus palabras abren caminos.

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Esta entrada fue publicada en 16/11/2017 por en literatura y etiquetada con , , , , , , , , , , , , .

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La risa tonta de las 23h, la del sueño del final de un día largo. La del juego de "te pesa el culo" que me acabo de inventar y te dejas caer de espaldas sobre mi regazo. Y luego te muerdo el cuello y vienen Bat y Nes y también quieren jugar. Y Nes (la perra), que sigue con el celo, monta a Bat (el gato), que de aburrimiento ya se deja hacer. Y lloras de risa por primera vez. 
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