Eley Grey

La educación y la visibilidad son las herramientas para conseguir la naturalidad

Raúl y Rosalía

Si ya lo dice el diccionario de la Real Academia Española de la lengua: Arrogancia, vanidad, exceso de estimación propia, que a veces es disimulable por nacer de causas nobles y virtuosas. Una palabra que se define así no puede ser buena. Y encima esta moda que hay ahora: banderas, semáforos, propaganda, bancos pintados, pasos de cebras de colores. Cómo se les ocurre tremendas calamidades y dispendios”.

En esas andaban los pensamientos de Rosalía al tiempo que recorría el pasillo hacia el aula de segundo de ESO. Una mala noche la tiene cualquiera, pero tantas ya son demasiadas. Las altas temperaturas y ese dolor en la boca del estómago atormentaban sus horas nocturnas desde hacía varias semanas. Las malas noches ya afectaban a los días desde hacía mucho, aunque una baja ahora significa complicar las cosas a los compañeros y al director.

Los gritos que vinieron del baño la sacaron de sus cábalas y pronto vio cómo un par de chavales abrían la puerta para salir de allí corriendo y riendo al mismo tiempo. No depararon en su presencia a pesar de tropezarse con ella y hacerle perder el equilibrio. Los observó mientras se alejaban y confirmó a modo de nota mental su cita con el orientador para esa misma semana. Aquellos dos eran de tercero “C”, estaba segura. El peor grupo hasta la fecha, con diferencia. Giró el pomo de la puerta para entrar y creyó escuchar un gemido mientras se asomaba. Estaba frente a los lavabos tirado en el suelo y llorando. No se le veía la cara y Rosalía tuvo que agacharse todo lo que sus rodillas artríticas le permitieron para poder confirmar que era Raúl, repetidor de segundo “D”, justo el grupo que tenía Lengua Castellana con ella en ese momento. Lo ayudó a levantarse y a lavarse la cara. Las manchas de sangre eran recientes, pero el morado del ojo, no. Seguramente tendrían que ponerle algún punto, no tenía buen aspecto. Quiso preguntar qué había pasado y por qué le habían hecho aquello. Algo en su interior quiso averiguar si ambas cosas, el morado y la sangre, habían sido ocasionadas por los mismos agresores. En vez de preguntarle, le aconsejó que fuera a la enfermería y que hablara con su tutor. Imaginó que durante la tutoría de la semana podrían sacar el tema y solucionarlo.

Mientras entraba en la clase, después de enviar a Raúl a curarse, Rosalía pensaba que no era un alumno demasiado espabilado ni maduro. A pesar de haber repetido y tener un año más que el resto, se mostraba siempre ausente y poco participativo. No solía formar grupo con nadie y sus notas eran pésimas. Rosalía pensó que encima había tenido suerte porque, con lo poco que le gustaban sus clases, la de hoy había conseguido perdérsela gracias a la visita a la enfermería. Sin embargo y para su sorpresa, Raúl tocó a la puerta cuando Rosalía todavía no había llegado al final de la explicación sobre el complemento agente en las oraciones pasivas. “¡Qué ganas tengo de terminar la sintaxis!”, pensó. “Menos mal que ya es la última semana del curso”. Le dio permiso para entrar y lo contempló caminar torpemente. Cojeaba, aunque no había perdido, a pesar de todo, ese ademán afeminado que lo caracterizaba y lo infantilizaba. Ese amaneramiento que daba serenidad a su gran cuerpo.

Rosalía tuvo que llamar la atención con varios golpes sobre el encerado y, tras un último murmullo y un par de risas, una falsa calma lo ocupó todo. Siguió, por tanto, su explicación tediosa hasta que un sonido seco, como una rasgadura, procedente del fondo del aula, la sacó de su concentración. Guardó silencio tratando de localizar el foco de aquel ruido cada vez más seco, cada vez más intenso. Le pareció, al mirar hacia las mesas del fondo, ver cómo Raúl apretaba los dientes. Lo supo porque en su perfil se marcaba, a través de la piel, un abultado mentón y una cortante mandíbula de angulosos y afilados cantos que normalmente no estaban. Rosalía dejó la tiza sobre su mesa y, con pasos lentos pero firmes, se dirigió a Raúl. A cada paso le seguía el sonido de un nuevo rasguño. Cada rasguño era más seco, más incisivo, más duro. Los pequeños tacones de Rosalía golpeaban cada vez más fuerte el suelo y fabricaban un eco que rebotaba en la densidad del silencio reinante. Tacón, rasguño, tacón, rasguño.

Cuando Rosalía llegó, le pareció ver lágrimas en las mejillas de Raúl, que usaba la punta de un boli sin tinta. Hacía hendiduras en la madera, cada vez más hondo, cada vez más rápido. Apretaba el bolígrafo tan fuerte que se le estaba empezando a escurrir de la mano. Cuánto tiempo llevaba Raúl cincelando aquella obra era difícil de averiguar. Había tantos arañazos en la madera que no quedaba un hueco libre, pero él seguía rasgando, seguía escribiendo. De pronto, la herida del pómulo, la de la sangre reciente, la de hoy, se abrió y dejó escapar un reguero rojo por su cara. “Al final no le han puesto puntos”, pensó. Rosalía tragó saliva al instante, cuando consiguió entender aquel amasijo de letras. Alargó su mano y limpió la sangre antes de que cayera. Al tiempo que lo hacía, tomó a Raúl por la mandíbula, que de repente pareció relajarse, y leyó en voz alta, mirando a los ojos de su creador, aquella palabra copiada cientos de veces  y formada por siete letras: orgullo.

Después, lloró.

Raúl y Rosalía

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2 comentarios el “Raúl y Rosalía

  1. ¡Hola Eley! Este relato me ha puesto la piel de gallina. El final me parece grandioso pero, sobre todo, cómo consigues describir la escena del acoso y el maltrato a través de una profesora tan hastiada y, en apariencia, indiferente. Me ha resultado muy real, la verdad, y creo que más de la mitad de los docentes viven y actúan de esa forma. Es verdad que al final parece redimirse y comprende el verdadero significado de “orgullo”, pero, ostrás, ¿le mandas a la enfermería y confías en que se encargue el tutor de todo? ¿Has visto a los alumnos agresores y ni siquiera te preocupas de informar inmediatamente al director o al jefe de estudios? Bufff… Tremendo; me ha sobrecogido. Bueno, también influye mucho el hecho de que escribes fenomenal. Estoy deseando leer tu libro este verano. ¡Un fuerte abrazo!

    • eleygrey
      27/06/2017

      Ohhh!!! Gracias por tu comentario, compañera. Eres muy generosa. ¡Qué bonitas palabras me regalas! Un honor. 🙂

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