Eley Grey

La educación y la visibilidad son las herramientas para conseguir la naturalidad

La vida ajena

Una sonrisa transparente, sincera, plena.
Dos lágrimas rebosantes de emoción.
Imagen congelada.
Fotograma tras fotograma va reconstruyendo la historia. Una historia que perdurará, heredera de futuras generaciones. El llanto, la alegría, el malestar, una brizna de viento y una mueca de ansiedad. Pueden desaparecer de la retina humana, pero no de su cuadro de película emulsionada con sales de plata.

Esa mañana salió como cada día, en busca de su propia realidad. Al adentrarse en el bosque dejó la noción del tiempo atrás. Tras cada disparo aumentaba su poder. Después de cada fogonazo se relajaba su respiración. Al atardecer pensó que había logrado alcanzar el objetivo y regresó a casa. El cuarto oscuro calmaba sus miedos. Allí, rodeado de penumbra, podía ser él mismo, es decir, nada. En aquella habitación dejaba su invisibilidad campar radiante entre los líquidos y las cuerdas.
Comenzaba el ciclo diario: esta vez empezaría por las de los niños de su calle, los que jugaban con la pelota, para rellenar su infancia. A continuación, las del bosque, le darían un respiro antes del primer plato. Por último, el postre: desde su ventana había podido captar a sus dos vecinos abrazados, enamorados, recorriendo sus cuerpos desnudos, esculpidos tras las horas de trabajo en el gimnasio. Juan y Miguel no sabían ni que existía. Para ellos, nuestro fotógrafo era, si cabe, todavía más invisible que para el resto. Pero aquella idea no era relevante en ese momento. Se disponía a ingerir su dosis de realidad construida y ningún pensamiento debía enturbiar aquel instante. Devoró cada curva, cada músculo en tensión, cada beso y cada poro en la piel de aquellos dos. Una vez saciado, se sentó en el sillón y dejó a la magia hacer la digestión. El viaje siempre empezaba pausado, constante, como una atracción de feria. Pero en pocos segundos, al igual que en esas máquinas, todo se alejaba de su control, aumentaba la velocidad y los movimientos iban ganando brusquedad. Veía su cuerpo postrado en aquel asiento respirando, pero pronto volaba, lo hacía lejos, o cerca, según el día de la semana. Dejaba que el viento golpeara su rostro y se deslizaba entre sus corrientes.

camara-ojo

Ese día sería el último, se lo había prometido a sí mismo antes de iniciar el festín. Sería el último porque tras las últimas instantáneas perdió el hambre para siempre. El vacío se instaló en su estómago y la respiración, que empezó siendo pausada, fue perdiendo intensidad. Tan lentamente, que hubieran podido pasar años hasta que alguien se hubiera dado cuenta de que aquel cuerpo hacía mucho tiempo que ya no vivía.

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