Eley Grey

La educación y la visibilidad son las herramientas para conseguir la naturalidad

Una tarde de sábado

No suelo salir de compras por el centro.

Toda esta cantidad de gente moviéndose de un lado a otro, como si llegara tarde a todos sitios, me acelera y saca mi lado más agresivo. Sin embargo, hoy he cogido el metro para recorrer las calles.

Pensaba que a medio día la gente comía, hacía la siesta, veía la película de los sábados, en fin, no sé, lo típico de un sábado por la tarde. Pero hoy he descubierto que hay tantas opciones en la ciudad como personas habitamos en ella.

Las tiendas abarrotadas, las cafeterías llenas. Pero mis pies andan aislados de todo, en completa soledad. Consiguiendo alejar mi mente de  todas estas personas. Tan diferentes a mí, tan diferentes entre sí.

¿Quién es feliz con su vida? ¿Cuántos amigos de verdad tendrá esa chica? Aquel chico que coge a otro chico de la mano no se plantea si alguien le mira o no. Y yo le miro. Le miro porque parece que no le importe. A él no le importa y a mí me da vida. ¿Por qué me complace esta escena? No es la primera vez que veo a dos personas cogidas de la mano, personas que se aman, que se desean, que caminan ajenas también al resto de almas que deambulan de norte a sur a lo largo de estas anchas aceras del centro.

No, claro que no es la primera vez que veo a dos personas cogidas de la mano. Pero hoy, no sé por qué, siento que me da vida. Porque necesito algo que me alimente, algo que me de esperanza por seguir adelante. Necesito colores, risa, brisa, sol, primavera. Pero aún no es primavera, todavía faltan unas semanas y yo me ahogo ante esta soledad.

La pareja pasa a mi lado y uno de los dos chicos me sonríe.  Yo no le sonrío. Sólo quiero caminar y caminar sin pensar en nada más. Pero irremediablemente pienso, porque soy persona, como dice el profesor de filosofía. Pienso en esos dos chicos, en sus manos, en las caricias que podrán recibir el uno del otro. En los besos que podrán darse y un nudo me oprime el estómago y se expande hasta invadir mi pecho.

No soy consciente pero las lágrimas empiezan a caer por mis mejillas. Nada puede pararlas y como en un torrente pelean por llegar hasta el final en una competición de caída libre. No me importa, nadie me conoce. Soy invisible. No quiero sentir  más miedo, no quiero pensar en ello. Pero irremediablemente pienso, porque soy persona. Y las personas piensan. Pero no todas piensan lo suficiente, porque de lo contrario los gritos que estoy escuchando no hubieran existido. Me giro, freno mis pasos. El giro hace que pierda ligeramente el equilibrio. El sol parece haber desaparecido un poco más, ocultándose en este cielo nublado de enero. Hay mucha gente ahí detrás. Mi boca se congela, mis ojos no consiguen centrar la vista. Desando el camino a trompicones para ver qué pasa. Los gritos del joven son desgarradores. Me arrastran hasta el tumulto de gente y mi alma se va quedando atrás en cada paso. Voy desapareciendo. Me hago trasparente tras cada zancada. Invisible. Ya sé lo que va a pasar. Lo presiento. Veo la sangre alrededor. Irremediablemente muero, lo sé. Voy a morir en el siguiente paso. Me arrodillo violentamente en el suelo e inhalo mi último suspiro. Suspiro que exhalo en un grito desesperado. Acompañando al chico que yace sobre el cuerpo de su pareja.

No, evidentemente muchas personas  no piensan lo suficiente en este mundo, y si lo hacen, no lo hacen de manera adecuada. De lo contrario hoy habría sido una tarde de sábado más, y una pareja de enamorados como otra cualquiera habría llegado a la boca de metro a la que se dirigían para encaminarse a casa. Y yo habría seguido mi camino en soledad, confiando en el amor. En la felicidad y la valentía del género humano. Conservando la esperanza de que quizá, algún día, yo sería la que caminaría de la mano de otra chica. Sin importarme los demás, sin importarme las miradas, los prejuicios o el miedo. Habría conservado la esperanza un día más. Y sin embargo me muero, irremediablemente desaparezco fundiéndome en la sangre de este chico que nunca antes había visto y que ya nunca más volveré a ver.

Porque estas cosas siguen pasando y no deberían. Porque el amor debería ser libre. Porque no quiero olvidar a todas las personas que se han quedado en el camino pero hasta el final han luchado por ser ellos mismos. Para ellos, mis gracias por vivir, por ser, por haber existido. Para ellos mi memoria, estéis donde estéis.

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2 comentarios el “Una tarde de sábado

  1. Mjo
    27/04/2015

    Esta mañana mientras desayunaba vi la noticia en twitter,me indigna muchisimo que en pleno siglo XXI todavia existan personas de mentalidad tan cerrada,lo peor de todo es que no es gente mayor y eso si que me preocupa.
    Tan dificil de entender es, que el Amor es Amor en todas sus diversas formas y que todas y cada una de ellas es tan valida como la primera?? Desde mi punto de vista son personas con una vida tan pobre y con una falta de valores tan grande que necesitan llenarse haciendo daño a los demas.Es lamentable!! Pero es una triste realidad que no podemos obviar.

    Ojalá se consiga normalizar de una vez por todas…algo que es tan normal como lo es el Amor.

    Un abrazo!!

    • eleygrey
      27/04/2015

      Poco a poco se va consiguiendo, estoy segura de ello.
      Gracias por pasarte y comentar, Mjo.
      Un abrazo.

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Esta entrada fue publicada en 21/02/2014 por en Uncategorized y etiquetada con , , , , , .

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